“Cuando el cielo está nublado, lo natural es que llueva”  ( i -Ching, o Libro de las Mutaciones: filósofo Confucio, Siglo IV a.C.)

No es casual este comienzo de mi reflexión, sino intencionado. Recurro al i-Ching, un libro oracular   nacido de la sabiduría del filósofo chino  llamado Confucio e influenciado  por  Lao Tse, ambos referentes esenciales de la cultura China anterior a Cristo y de gran resonancia en occidente. Recurro pues  a Oriente, lugar físico  por donde nace el Sol, y metáfora de  la Luz -o consciencia- que orienta al caminante perdido… No, no es casual este comienzo mío con la mirada  puesta en Oriente sino intencionado: ajustado a la necesidad de esta  sociedad  nuestra actual, compuesta de ciegos guiados  por otros ciegos. Busco pues Luz,  orientación para todos en forma de consciencia clara, y poder así   afrontar los hechos presentes y las decisiones correctas de cara al futuro.

Sí, estoy aludiendo a la Paz deseada. Pero también a la guerra, que cambia de lugar pero se mantiene fija en la vida de los hombres.  Y, en el centro del escenario,  una sociedad beligerante, egoísta y ciega que  mira hacia otro lado.

En el presente, dos focos bélicos ocupan el escenario mundial y prolongan la muy larga historia bélica de la humanidad, no se sabe si como una suerte de asignatura pendiente que todavía  permita albergar alguna solución a plazo, o quizás  -y en el peor de los casos-   como un  estilo de vida o  hábito que nos identifica y condiciona como especie.

Los aludidos focos bélicos son hoy : la guerra entre Rusia y Ucrania por un lado, y por el otro, la guerra de Israel y el caso de Gaza; foco este segundo, especialmente llamativo por su significado simbólico, pues  aquí los hombres nos enfrentamos a muerte en el mismo escenario geográfico que contuvo  al Paraíso Terrenal -según el relato bíblico de nuestra tradición- provocando un giro en la historia que nos llena de inquietud e interrogantes. Nos hallamos, simbólicamente, en el punto de partida u origen de la humanidad, al que regresamos después de milenios de existencia, de luchas, de esplendor y decadencia, de experiencia y de evolución… Pero retornamos empuñando el fusil y con odio en el corazón. ¿Qué vendrá después? ¿Acaso pretendemos conquistar por las armas el nuevo Paraíso? ¿Es el Reino de los Cielos profetizado un territorio con un ejército de soldados dotados del mejor armamento, pero sin alma?¿Es esa la Nueva Humanidad y el Mundo Nuevo?

Resuenan oportunas en estos momentos las palabras siempre sabias del Ching, anunciando que “cuando el cielo está nublado, lo natural es que llueva”. Es decir, que los efectos -la lluvia, en el ejemplo- son irreversibles una vez alcanzado un punto determinado del proceso que convierte las intenciones en hechos. Por ello, lo más grave y dañino y lo que exige más vigilancia, preocupación y cuidado, tal vez no sean  los hechos presentes -aunque conlleven la destrucción y el dolor- sino el ánimo, la intención y las actitudes humanas sembradas con antelación, que han dado lugar a aquéllos: las “nubes”.

Ahora vivimos la situación presente traducida en violencia, destrucción y muerte claramente visibles, y el análisis (puntual y convencional) se centra  en ciertas   acciones llevadas a cabo recientemente y por tanto conocidas  -en desordenes- y creemos que sustituidos o cambiados estos  el problema queda resuelto. Pero no es así, nunca ha sido así. Y esta humanidad que ha conquistado casi todo, que ha descendido a los fondos marinos y explorado el espacio estelar, que ha manipulado la célula y dividido el átomo, que ha vencido el dolor y alargado la vida, no ha superado aún sus motivaciones más primitivas y la forma violenta de conseguirlas. Hemos refinado los modales, pero las intenciones son las mismas de hace milenios, que por algo existe el llamado “Inconsciente Colectivo” que lo conserva vivo en la memoria del Alma o Psique, y su elevada influencia y poder condicionante en la vida humana: siempre presente y activo, que se  muestra a través de la actividad cerebral. Un complejo proceso que escapa a nuestro conocimiento y control.Por ello, aunque el orden se restablezca mil veces, otras tantas vuelven a repetirse los hechos, machacona e insistentemente sin que alcancemos a desentrañar el misterio; a descubrir que siempre hay una causa previa que da lugar a la experiencia, una acción invisible que se convierte primero en el simbólico cielo nublado y luego en lluvia. Y de nada sirve querer impedir ésta cuando la nube ya ha sido activada. Por eso, lo grave no es la guerra que hoy nos aflige, sino las guerras que aún podamos sembrar desde la  ignorancia, hasta descubrir su relación con nuestras actitudes íntimas e inconscientes. Hasta  que reconozcamos que el mundo exterior es el reflejo de nuestro mundo interno; que nada sucede fuera de nosotros si no existe también en nuestro interior. Y que no podemos modificar ni una pizca de nuestro entorno si no cambiamos de actitud.

Desde afuera nos dirán otra cosa. Surgirán las voces del Sistema oportunista y falaz -por medio  del Establishment que lo controla y dirige- para decirnos, por ejemplo, que la guerra ha tenido o tiene como objetivo restablecer el derecho y el orden internacional, ignorando  que con el ejercicio de la fuerza y la violencia no se eliminan las aspiraciones ni los instintos del vencido, sino que tan solo se reprimen y archivan en el inconsciente, convirtiéndolos en germen de nuevas y mayores violencias… Nos dirán también que ha servido para garantizar el progreso social del que se deriva nuestro confort y el nivel de vida alcanzado. O dirán que aquí no corremos peligro de sufrir los impactos de las bombas ni los de la escasez, sin reconocer que formamos una unidad con los demás y que el dolor, lo sufra quien lo sufra es también  nuestro dolor. Nos dirán algún día que ha triunfado la justicia cuando uno de los contendientes haya vencido y aniquilado al otro, sin tener en  cuenta  que el “enemigo” pertenece al mismo cuerpo metafísico que nos engloba a todos  y que su derrota es una forma de automutilación para el vencedor.

Nos dirán, definitivamente, que el culpable es el “otro” -blanco, negro, amarillo o azul- pero siempre el “otro”;  que el demonio está fuera y que la paz se logra disponiendo de más armamento que el contrario y amenazando más…, ignorando que tal actitud, lejos de tener un valor disuasorio real,  es un estímulo, una nube precursora de la lluvia en forma de guerra que en algún lugar y momento sucederá. Un estímulo real, reconocido como  el inicio de un proceso creador  denominado “camino de fase”  por la actual Física Cuántica, moderna rama de la ciencia  que  contempla la existencia no de un solo o único futuro, sino de múltiples y coexistentes,  todos ellos igualmente posibles de hacerse realidad,  pero de entre los cuales solo se hará real el elegido o determinado por nuestra  voluntad: decisión y propósito que  una vez iniciado conduce, en el caso que nos ocupa, a la guerra,   al objetivo bélico implícito en la decisión a favor del rearme -o más armamento- política y globalmente ya manifestada, opuesta a la opción inicialmente también  posible de un  desarme general -antibelicista- el cual  abre otro  “camino de fase” que, este sí, se orienta y conduce  a la paz. Nos dirán cualquier cosa. Pero nadie vendrá a decirnos la verdad, a situarnos ante nosotros mismos para reconocer  nuestra ignorancia: que estamos divididos internamente, fragmentados en pequeños “yoes”, confrontados, cuyo antagonismo se traduce en insatisfacciones, rechazos , desequilibrios, envidias, violencia y sentido de oposición ante los demás. Y siendo así  nuestro mundo interior, profundamente desconocido o inconsciente ¿cómo  esperar una realidad externa diferente? Por eso, hablar de paz es una quimera mientras no la establezcamos dentro de cada uno de nosotros mismos, como afirma el Kibalión por medio del principio de correspondencia o analogía que dice: “como es arriba es abajo, como es adentro es afuera”. Criterio que permite conocer lo interno e invisible, por observación del exterior, pues ambos son  expresiones de la misma Ley. Y en ese empeño, los demás con quienes compartimos la existencia y la vida, no son enemigos, sino cómplices necesarios que actúan a modo de pantallas donde se proyecta nuestro desconocido interior, al que denominamos inconsciente,  revelándonos  su contenido. Un servicio , por tanto, de incalculable valor no apreciado y sí contrariamente interpretado, con nefastas consecuencias ante las que nos  previene  la famosa advertencia escrita en el antiguo Templo de Delfos ( Grecia, siglo IV a.C.) que dice: “Conócete a ti mismo”. O si se prefiere, aquella frase de Sócrates: célebre filósofo de esa misma época y lugar,  que suena a autoconfesión y a ejemplo: “Solo sé que no sé nada”.  Y refuerza a la anterior.

No hay un camino para la Paz -dijo acertadamente Gandhi, contemporáneo nuestro- la Paz es el camino”. Y el camino -añado desde mi sentir- empieza  en cada uno de nosotros con aquel sabio: “Conócete a ti mismo”. Un reto no afrontado, sino  eludido y largamente postergado por la humanidad,  que es una forma de desidia personal. Y esta -la desidia- una fuente de incapacidad, de frustración y desgracia.

Félix Gracia  (Marzo 2025)

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