Anacoreta es un término de origen griego que significa “retirarse”, actitud o disposición que define a la persona que decide aislarse de la sociedad para entregarse a la oración y la penitencia, como medio de alcanzar un grado de purificación que posibilite el estado de intimidad o de comunión con Jesucristo, o la Divinidad, realizando así un explícito gesto de renuncia al mundo que, junto al cuerpo, es percibido como grave impedimento según una radical interpretación de algunos principios cristianos, presentes igualmente en 0tras religiones muy anteriores que inspiraron a los llamados renunciantes.
Los anacoretas urgieron en los albores del Cristianismo, en los siglos II y III, y se cree que la mayoría se concentró en Egipto, en el desierto, cerca de la ciudad sagrada de Tebas. El fervoroso movimiento se extendió de tal manera por otros países que en siglo IV los anacoretas se contaban por miles. Algunos habitaban en chozas, otros en cuevas, algunos encaramados en la copa de un árbol, otros sobre una columna, otros se hacían eternos caminantes sin cobijo, otros… Pero todos movidos por la misma aspiración: fundirse en algo más grande que ellos mismos.
A comienzos de los noventa del siglo pasado, fui guiado por unos amigos a un paraje que fue escenario natural de esa búsqueda y refugio de anacoretas en la Península Ibérica, tiempo después de que los romanos hubiesen extraído el oro de Las Médulas, pero antes de que la Reconquista fuese iniciada. Está situado en la comarca natural del Bierzo (León), a pocos kilómetros de Ponferrada, ciudad a la que los Templarios acudieron tiempo después atraídos por la intuición y el misterio.
En Ponferrada, sobre el medieval y simbólico Puente Boeza, se inicia un camino de apenas 16 o 17 Km que termina en la pedanía denominada Peñalba de Santiago. Final de camino y puerta de acceso al Valle del Silencio, corazón del movimiento anacoreta nacido en esas tierras, heredero de aquel otro surgido bajo la protección de Tebas, del cual recibe no sólo la inspiración, sino el nombre: Tebaida Berciana.
La Historia sitúa en ese escenario al más célebre de los anacoretas -aunque no el primero- llamado Genadio, voluntariamente recluido en una cueva natural que se abre sobre la pared de una imponente montaña de roca calcárea que cierra el valle por el oeste. Y la pequeña historia de los pueblos dice de él que, estando un día en meditación, no podía concentrarse debido al murmullo de las aguas del arroyo que discurre unos metros más abajo de la cueva. Así que el santo Genadio alzó su voz ordenando: “¡Cállate!”. Y el riachuelo calló. Y el silencio se hizo en el valle. Y el valle pasó a llamarse Valle del Silencio.
Tal vez los Templarios acudieron allí como a los Santos Lugares, para protegerlo…, y quizás sea la suya, esa inquietante presencia que se percibe
el elocuente silencio…
Tiempo después de visitar el lugar, y en una circunstancia distinta, escuché decir a un amigo que “si te molesta el ladrido de los perros, allí donde vayas hallarás perros que ladran”. Y recordé a Genadio, aquel anacoreta berciano que ordenó callar a las aguas del arroyo porque su murmullo perturbaba su santa meditación, imponiendo el silencio en el valle; y también a aquel otro monje que, encontrándose en una situación similar a la de Genadio no podía concentrarse en la oración porque el croar de unas ranas procedente de un cercano estanque lo distraía.
Harto ya del insistente croar se asomó a la ventana de su celda y ordenó a las ranas: “¡Callad!”. Y como era un santo, las ranas obedecieron al instante. Satisfecho, el monje decidió seguir con sus oraciones, pero apenas transcurrieron unos segundos oyó una voz dentro de sí que le decía: “Monje ignorante, ¿qué te hace suponer que a Dios no le complace tanto el croar de las ranas como tus oraciones?”. El monje quedó sorprendido. Luego, se alzó, corrió hacia la ventana y, asomándose al estanque donde vivían las ranas grito: “¡Cantad!”. Y todas las ranas comenzaron a croar invadiendo el monasterio con su canto. Dice la leyenda que a partir de ese día el croar de las ranas acompañó al monje en sus oraciones, y que éstas fueron las más elevadas… Y yo, me observé a mí mismo…
Creemos que la perturbación viene de afuera y que el silencio es la ausencia de sonidos, pero no es verdad. El silencio es un estado del alma ausente de perturbaciones. Lo demás, los perros que ladran, el murmullo de las aguas o las ranas que croan perturbándonos, tan sólo son señales en el camino que delatan nuestra propia perturbación. Nos tropezamos con ella, no porque estuviera allí, sino porque ha llegado con nosotros. Podremos hacer callar a todos los elementos, o nos mudaremos de sitio alejándonos del molesto lugar. Pero allí donde vayamos nos estará esperando “algo” que no puede ser rechazado ni eludido. Todos somos portadores de un “algo” que demanda ser escuchado, reconocido, aceptado, amado... Puede ser otra persona, una circunstancia o suceso.. O uno mismo, que todos tenemos algo de anacoretas.
A menudo ladra el perro del vecino, o suena alta la música en su casa… o surge cualquier otra incomodidad que despierta al anacoreta silenciado. Sí, caminantes amigos: porque nadie camina solo, y el mundo y la vida son previsores y albergan una abundante variedad de cómplices oportunos…, como remedio ante nuestra frágil memoria.
Félix Gracia (Recuerdos de mí)